viernes, 29 de octubre de 2010

RURALIDAD Y GLOBALIZACIÓN: UN RETO A LA SOLIDARIDAD

Hace un tiempo hice una reflexión bíblica acerca de la guerra en Irak y los planes hegemónicos y criminales de Estados Unidos.

Y la compartí a mis amigas y amigos. Cuando algunos me respondieron me quedó claro que estamos necesitados de espacios de reflexión.

Así que me atrevo con esta reflexión sobre la globalización y su impacto en mi país, pero de manera especial en el sector rural, tierra tan querida para mí.

Tengo opciones que vertebran mi servicio: entre éstas están la solidaridad y el compartir Buenas Noticias con las mujeres y hombres del mundo rural.

En estos últimos años no he cedido en la esperanza, sobre todo por los signos de vida y organización de los que he sido testigo en mi servicio, pero, lejos de mí pretender tapar el sol con el dedo.

Estoy muy preocupado por las muestras de establecimiento de la Globalización en medio de la vida de las personas que amo y sirvo, y he decidido dar un paso adelante de la sola preocupación para ocuparme en acompañar a la gente del campo en la gran tarea de decidir cómo permanecer de pie y organizados frente a este estilo actual de hacer la historia.


Diseño ideológico de la Globalización

En la segunda mitad del siglo XX fuimos testigos -y algunos, activos protagonistas- de dos diseños geopolíticos de la humanidad.
       
El primero, que dividió al planeta en dos ejes territoriales: Este – Oeste. El segundo, que también dividió al planeta en dos ejes territoriales: Norte – Sur.

Chile vivió el trauma de cambio de escenario cuando hubo relevo de modelos geopolíticos: mientras en el primero participaba en un hemisferio donde se  predicaba la libertad producida por el capital, en el segundo se descubrió en la lista de los países pertenecientes al hemisferio de la pobreza, de la dependencia económica y de la deuda externa diseñada para crear dependencia política, además de la económica.

En ambos modelos geopolíticos los totalitarismos aportaron todos los elementos necesarios para una lectura ciega ante las fuerzas dialécticas dentro de su propio territorio.  Así, cuando los pueblos originarios se organizaron entonces la lectura ciega frente a esta fuerza real y local fue tajante y única: imposible que ellos tengan fuerza protagónica propia; entonces, actúan con violencia frente a lo establecido porque están infiltrados, instruidos y financiados por el terrorismo internacional. O cuando se logró reaccionar frente al humillante logo de “país del sur”, la mirada se dirigió hacia los ricos del Hemisferio Norte para que cumplieran su deuda ética y vinieran en ayuda económica de este pobre país sureño, sin tener la voluntad ideológica y política para denunciar que en este Chile del hemisferio pobre, hay un reducido grupo económico-político-social de chilenos –enclave del Norte- adueñándose progresivamente del país.

El diseño ideológico de la globalización está sustentado en el ejercicio de  síntesis de los imperialismos y los totalitarismos del siglo que acaba de terminar, pero superándolos: La globalización pasa por encima de la ya tradicional estrategia de repartirse el mundo en dos. Busca, desde una percepción pan-geopolítica apoderarse de todos los territorios del planeta como eventuales escenarios de mercado.

Puedo decir que este sistema es más perverso que cualquier anterior, pero tengo que reconocer algo positivo de la desfachatez de este diseño de relaciones deshumanizadas. Deja, de manera cruda, al descubierto los protagonistas dialécticos del sistema: los poderosos y los empobrecidos. Siempre éstos han sido los verdaderos hemisferios, los mundos desencontrados de todos los sistemas que producen estructuralmente relaciones de desigualdad. Los llamamos en décadas anteriores ricos y pobres, oligarquía y pueblo, enriquecidos y empobrecidos, explotadores y marginados; hoy se llaman transnacionales y excluidos.

Al darle este tratamiento inicial a la Globalización algunos podrían recordarme que me había comprometido a no tapar el sol con el dedo y, que hasta ahora un dedo muy grande está tapando el esplendor de todos los beneficios que esta nueva época está trayendo a la “humanidad”.
Es que para ver este brillo globalizador debemos tomar una opción: o lo miramos con los lentes de la estética o lo miramos con los lentes de la ética.

La estética nos puede dar una lectura del producto terminado, de las macrocifras redondeadas, de la belleza de este nuevo orden mundial; pero la ética nos va a dar como lectura estructural de este nuevo orden cuál es el verdadero nivel de calidad a escala humana que este sistema provoca, produce e implanta.

Desde mi perspectiva la estética de este sistema debe pasar el examen que la ética le haga.

Así, la mayor producción y riqueza mundial no pasa el examen ético por la cada vez más escandalosa forma de distribuir los bienes y riqueza producidos.

La mayor interdependencia e intercambios entre las naciones del mundo (como el Tratado de Libre Comercio) no pasa el examen ético por la estructura y el comportamiento asimétrico que significan los países firmantes. Hay falta de equidad cuando al libre tránsito de productos no lo acompaña el libre tránsito de personas. Hay falta de equidad cuando Chile firma un tratado comercial teniendo aún como deuda con su gente la efectiva solidaridad, la subsidiaridad como salvaguardia a los productos de nuestra tierra y mares, la entrega de subsidios para la reconversión industrial, etc.

Un mayor conocimiento y dominio de la naturaleza no pasa el examen ético porque este conocimiento y dominio favorece sólo a las elites hegemónicas que lo financian, a costo de la degradación de los ecosistemas.

Una mayor, mejor y más rápida comunicación internacional, la conquista del espacio y del átomo, del genoma humano no pasa el examen ético porque nunca fue pensada para beneficio real de las grandes mayorías, las que no tienen acceso a la red informática en tiempo real. No por nada hay países, tribus, pueblos, culturas, etc., llamados “desconectados”. Ellos son los protagonistas de un nuevo analfabetismo cibernético.

La lucha contra las enfermedades y los desastres naturales pero que sólo puede ser financiada por los sistemas de salud de los sectores adinerados no pasa el examen de la ética porque la falta enorme de equidad hacia los pueblos más vulnerables la hace aparecer casi como xenofóbica.

Con los lentes de la ética, la Globalización aparece comercializando con bienes no materiales. No todas las necesidades humanas pueden y deben solventarse en el mercado, no obstante, se practica un “mercado laboral” que determina la remuneración y los empleos disponibles, el bienestar o la miseria laboral; también suelen negociarse la lealtad y la creatividad, el respeto y la posición social, se trafica con órganos humanos y, eventualmente, aún con el amor, como si estos requerimientos fueran objetos de comercio. La globalización es el reality más descarnado donde el competidor no se mira como un ser humano, sino más bien como amenaza y obstáculo que se debe superar e incluso eliminar.

Por estas razones, junto con darle este tratamiento, desde la ideología, al estilo de construcción de la sociedad y la historia llamado Globalización, debo confesarles que me incomoda cada vez más cuando escucho: “La Globalización no es a priori ni buena, ni mala. Será lo que la gente haga de ella”. Yo digo que la Globalización no es una realidad que nace de nosotros, es una realidad que nos envuelve agresiva y devastadoramente. La globalización tiene una génesis, tiene padres ideológicos, tiene tutores que cuidan prolijamente su crecimiento. La Globalización es un ejercicio de fundamentalismo de mercado que no invita a ser protagonistas sino que se sirve de los excluidos, de los empobrecidos, de los que trata como no-personas, de los no-pueblos, de los no-viables.


Chile y su carrera hacia la visibilidad


En América Latina, los proyectos de integración, ALALC, ALADI, Comunidad Andina de Naciones, MERCOSUR, Mercomún Centroamericano, Mercomún Caribe, o se abandonaron o sólo se realizaron parcialmente en las últimas fechas, y hoy están casi estancados. El ALCA no contempla una visión humanista a la hora de incorporar países asimétricos como fue el ejemplo que la Comunidad Económica Europea dio cuando incorporó a países como España y Portugal, donde los componentes de integración, solidaridad y subsidiaridad sí estuvieron presentes.

Un reto importante para América Latina es acercarse al sueño bolivariano de la integración latinoamericana, de la “Patria Grande”, para poder negociar con mayor equidad ante el poder de Estados Unidos.

Estados Unidos tiene suficiente claridad respecto de la dificultad que significan el Bloque Asiático y la Comunidad Económica Europea a la hora de implementar su hegemonía de dependencia económica y política a la totalidad de los países. No le interesa tener otra muestra de este tipo de integración territorial, menos en su propio continente.

Hoy día desarrolla, con éxito, su estrategia de neutralización de cualquiera posible integración regional o latinoamericana convocando a los países territorialmente extremos: México y Chile. Pactar con estos dos países de manera atomizada un Tratado de Libre Comercio libera a Estados Unidos de cualquier riesgo – para él- de tener que tratar con un conglomerado de países organizados e integrados en lo social, en lo político y en lo económico. Estados Unidos exige como condición a estos nuevos “socios” minoritarios el rechazo de estos países frente a cualquiera invitación para formar parte activa y protagónica de Mercados Regionales y Continentales.

En este contexto de dependencia política y económica es que los invito a hacer una lectura integral del crecimiento económico en Chile. Es un crecimiento alimentado fundamentalmente con inyecciones de capitales extranjeros y que convive con procesos como la disminución de la función del Estado, la optimización del aparato burocrático del Gobierno, una política laboral funcional a las transnacionales para que éstas lean como viable a Chile a quien le exige bajos salarios y bajos impuestos, una política macroeconómica de crecimiento sostenido pero con una economía real que permite deprimir salarios y prestaciones, deprimir el bienestar y el mercado interno local para favorecer los intereses de los grandes capitales presentes en el país.

Es verdad que desde el ámbito factual Chile aparece con un envidiable índice de crecimiento y desarrollo respecto de los países de la región y de toda América Latina. Pero desde el ámbito coyuntural Chile aparece produciendo exclusión, invisibilidad y un escandaloso índice de falta de justicia y equidad en la distribución de la riqueza. La razón de esto sólo se puede leer en el ámbito estructural que revela que Chile no puede repartir la riqueza que no le pertenece, no es el crecimiento de Chile, sino el crecimiento en Chile de capitales de unos pocos chilenos y unas pocas transnacionales.

El Gobierno de Chile en su gestión de relaciones exteriores corre tras la visibilidad en el concierto globalizado de los acuerdos y de los mercados, pero en casa convive con un Estado que en su responsabilidad social sesgada se reduce a paliar la miseria sin atacar sus causas profundas y con una propuesta económica que ensalza criterios como la productividad, la competitividad y el ahorro, aún a costa del bienestar de las trabajadoras y los trabajadores.

En esta carrera vertiginosa, sostenida desde afuera, frágil y dependiente en su estructura de país, yo me hago la pregunta por la Equidad prometida para todos los chilenos de la cual no tuve ninguna expectativa, pero fue prometida. Debemos hacer pasar la estética de los informes macro por el examen de la ética micro.

Y aquí no bastan las cifras, las encuestas, los censos. Ni siquiera basta describir –desde aquí, desde la reflexión - los nuevos rostros de exclusión del campo. Estamos invitados a hacer silencio para acoger, que es más que escuchar, el clamor de los excluidos que este sistema produce. Son más que un costo social, son más que un deducible de la modernización. Son personas, cuya dignidad exige viabilidad, visibilidad. No es el empobrecimiento, son personas empobrecidas porque otras han decidido enriquecerse a costa de éstas. No es el endeudamiento, son personas endeudadas porque otras han decidido aumentar la plusvalía de su comercio.

Estamos invitamos a mirar el fenómeno pero desde las personas que lo protagonizan. Estamos invitados a conocer las cifras, pero desde los rostros que estas cifran representan. Este cambio de mirada exige que todos estos rostros pasen por el corazón humano.


Un reto a la solidaridad


Permítanme contarles esta pequeña historia.
Dos buques acorazados habían estado en el mar realizando maniobras con mal tiempo durante varios días.
Como la visibilidad era débil a causa de la niebla, el capitán permanecía en el puente vigilando todas las actividades.
Poco después de oscurecer, el vigía en el ala del puente comunicó al capitán, “luz en dirección a la línea de estribor”.
Preguntó el capitán “¿está fija o se mueve hacia popa?”.
El vigía contestó, “Fija capitán” lo que significaba que ellos estaban en dirección a estrellarse con esa nave.
El capitán llamó entonces al señalero, y le indicó  “Haga señales a esa nave informando:  estamos en dirección de colisión, les aconsejamos cambiar el rumbo 20 grados.”
Recibieron una señal respondiendo,  “Aconsejable para ustedes cambiar su rumbo 20 grados.”
El capitán dijo al señalero,  “Transmita: yo soy un capitán, cambien el rumbo 20 grados.”
Vino la respuesta  “Yo soy un marinero segunda clase.  Les convendría a ustedes cambiar su rumbo 20 grados.”
A esa altura, el capitán ya estaba furioso.  Muy enojado le ordenó al señalero,  “Transmita: yo soy un acorazado, cambien el rumbo 20 grados.”
Y volvió la luz intermitente diciendo “Yo soy un faro”.
Después de un silencio que se hizo eterno entre los marineros, el capitán en un tono casi sordo de voz ordenó cambiar el rumbo de su nave.

El faro es siempre una señal firme frente a la cual deben rendirse todos las máquinas de poder, si no, están condenadas a chocar contra esta señal puesta precisamente para dar las claves para un curso correcto.

Las personas somos el faro, la humanidad toda somos el faro, los excluidos de este nuevo sistema son el faro. Las mujeres y los hombres somos las señales firmes desde las cuales debe construirse la historia. ¡Qué equivocada decisión cuando se pretende hacer girar la identidad de la persona delante de un sistema, o a un país entero frente a un modelo económico. Es el barco el que debe moverse y no el faro. Por eso es una equivocación hacer que el ser humano pierda su firmeza, que la persona pierda su luz, que la dignidad humana se pierda como señal firme. Muchos sistemas poderosos como los acorazados han chocado contra las personas y hoy día esos sistemas son historia.

Es responsabilidad nuestra mostrar la relatividad del sistema que hoy se presenta como poder absoluto, ofreciendo posibilidades ciertas de fundamentalismos e idolatrías; y es responsabilidad nuestra mostrar al ser humano como fundamento firme desde donde queremos construir nuestra historia, nuestra sociedad, nuestra cultura y nuestro país.

Hoy por hoy, como están dadas las cosas para el campo chileno podríamos contar por docenas las medidas que muchas instituciones deberían tomar con el urgente propósito de devolver viabilidad y visibilidad a las personas, grupos, organizaciones y comunidades campesinas que este sistema resolvió fueran inviables e invisibles.

Devolverles la corporalidad social, aportarles el necesario acompañamiento para que recobren la confianza debilitada o perdida en el protagonismo constructor que entrega un buen proceso de organización social, superar la lectura que las instituciones de servicio hacen de los campesinos y campesinas como  meros beneficiados de proyectos sociales, pero sin fuerza propia para cuestionar a esas mismas Instituciones y a esos mismos proyectos sociales; todas esas son tareas urgentes e importantes de realizar para que la señal firme vuelva a ser referente y no accesorio, muchas veces desechable en este sistema de cosas actuales.

Solidaridad con el mundo rural es más que actividades solidarias aisladas sino políticas que reviertan procesos de éxodo rural, pérdida de identidad cultural, degradación de suelos agrícolas; políticas que reafirmen el valor de las organizaciones, las confederaciones, el liderazgo servidor; políticas que reconozcan el lugar que la mujer se ha ganado en la vida y la organización del campo. Políticas que fortalezcan todo el proceso postcosecha y comercialización de productos agrícolas de pequeños y medianos productores; políticas que fortalezcan la formación técnica de las nuevas generaciones y reeduque participativamente a generaciones adultas de hombres y mujeres en el uso de nuevas técnicas que le permitan acceder a créditos, a proyectos de producción agrícola diversificada; políticas que permitan ingresar a la familia campesina a nuevas actividades productivas no necesariamente agrícolas pero sí campesinas.

        Hoy día la solidaridad con el mundo rural y con el Chile excluido pasa por detener el proceso de visibilidad en el centro de la globalización que tiene como hipoteca social la pretensión de un Chile lineal, parejo, homogeneizado, monocultural, que aturde la expresión local, la fuerza territorial, la cultura ancestral, la creatividad juvenil aún no codificada como cultura por los ámbitos adultocéntricos de producción.

Es también el tiempo propicio, siempre lo es, para oír la voz del campesinado, reconocer la densidad de la presencia y actividad campesina en la vida del país, rehacer la historia fragmentada del Movimiento Campesino que hoy es aportado con organizaciones femeninas y juveniles.

Es el tiempo en que las respectivas Diócesis del país, todas con comunidades campesinas, tomen la decisión de crear Vicarías Diocesanas de Pastoral Rural y, asumiendo que los materiales que los organismos nacionales de la Iglesia producen para Catequesis, Liturgia y Formación de Comunidades están hechos y pensados para el mundo urbano, se den a la tarea de crear material específico de formación y acompañamiento para sus comunidades campesinas.

Es urgente un acompañamiento pastoral a jóvenes y familias que se ven puestos en la disyuntiva de abandonar sus tierras y vida campesina para emigrar a la ciudad sin protección alguna frente al estilo de vida y modelos de sustento económico del medio urbano; así como crear procesos de acompañamiento a jóvenes y familias que ya han dado este paso degradando su calidad de vida y experimentando soledad y desesperación en este nuevo escenario agresivo y ajeno para ellos.


Creo firmemente que la esperanza es una fuerza real y presente, que no se activa en la medida en que no se abandone una lectura ingenua de la forma estructural en que la historia se va haciendo. La esperanza comienza a la altura de la lucidez y la honestidad. No es ocultando el dramatismo ni castigando como fatalista una lectura clara de los acontecimientos que vamos a construir esperanza. La esperanza para mí tiene como modelo, a Jesús, pero Él encarnado en la historia real de Nazaret. La esperanza tiene como modelo, para mí, a Jesús resucitado, pero con las marcas del crucificado para darme pistas donde lo puedo encontrar presente en esta historia que todos hacemos.

La historia, para mí, es un altar donde Jesús se sienta y se ofrece como pan compartido, pero en esta mesa hay un puesto para cada mujer y hombre de la humanidad. Si en esta mesa de la fraternidad, que es la historia, dejamos fuera a gran parte de los comensales, dejamos fuera como posibilidad la construcción de una historia digna, participada y valiente.

Quiero terminar compartiéndoles un texto anónimo del Siglo XVII que leí recién ayer: “El miedo golpeó la puerta, la fe salió a abrir y no encontró a nadie”

Fraternalmente
Perico

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